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Recorrimos unos 17 kilómetros aproximadamente. En el día de hoy vamos a dar un paseo por un paraje que no por cercano deja de tener su encanto, además así no tenemos que madrugar. A las nueve de la mañana nos dirigimos al polígono desde donde iniciamos la marcha. Las mañanas de octubre son ya más fresquitas y apuramos el paso para entrar en calor. Aunque el frío se nos pasa en cuanto tenemos que cruzar el arroyo, unos por el canal del acueducto, otros por el azud, y otros saltando el cauce, que no lleva mucha agua, pero a estas horas no apetece mojarse. Formamos una hilera multicolor que se adentra en un sendero invadido por la vegetación. Hay zarzas, escaramujos de llamativos frutos rojos y tomillos que nos regalan su olor cada vez que los rozamos al pasar. A veces oímos el agua que parece reírse de nosotros, pues ella se desliza suavemente, saltando alegre entre las rocas, mientras nosotros tenemos que luchar con las plantas para poder continuar nuestro caminar. En una ocasión tenemos que cruzar el cauce y casi todos terminamos con los pies mojados. Las risas que se oyen más alto son las de Juan, que disfruta viendo como nos la ingeniamos haciendo equilibrios para terminar metiéndonos en el agua. El sol está ya alto e ilumina el cielo azul y sin nubes que aparece entre los quejigos y las encinas bajo las que ahora caminamos. El sendero nos conduce por un terreno de labor, que está arado. Caminar por los terrones no es nada fácil. Nos acompaña el rumor del agua. Hay que volver a cruzar el arroyo por lo que queda de un puente sobre el que revolotean muchos tabarros. Oímos tiros, son cazadores que están en el cortijo de la Alhajuela al que llegamos enseguida. Solo quedan las ruinas de lo que debió ser un magnífico cortijo en un paraje precioso al pie de la sierra de las Cabras. Este es el sitio idóneo para hacernos la foto de grupo. Nos colocamos junto a la fuente para inmortalizar nuestro paso por aquí. Algunos no pueden resistirse y salpican de agua al que se pone a su alcance. La vuelta la hacemos por un carril sobre el que cae el sol de medio día haciéndonos sudar. Frente a nosotros el Camorro de Chimeneas recorta su silueta en el cielo azul. El camino amarillo desciende suavemente junto a colinas onduladas tapizadas de verde, en las que vemos dos ciervos corriendo entre los árboles. El último tramo lo hacemos a toda pastilla, pues Patricia mira el reloj y comprueba con horror que son más de las dos y a las tres le espera el “curro”. Nosotros en solidaridad, forzamos la marcha y llegamos a los coches poco antes de las tres. Aquí se produce la desbandada y cada cual sale tirado a su destino casi sin despedirnos. Está claro que hay que madrugar.
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