Esta mañana, como el día de ayer fue muy lluvioso, nos hemos presentado solo diez a nuestra cita con el campo.

Sin  embargo ha amanecido con un cielo azul, presagio de que tendremos un día estupendo.  

La ruta de hoy nos la ha diseñado nuestro amigo José Manuel que se ha tomado al pié de la letra la calificación de dureza alta.

De ahora en adelante las rutas serán  de dureza baja,  media, alta y  de José Manuel.

Cuando llegamos a Villanueva del Rosario estaba completamente despejado, pero al poco de empezar a andar las nubes hicieron acto de presencia y la niebla envolvió el paisaje en bruma blanca.

El campo después de las lluvias se ha vestido de hierba verde y los árboles empiezan a perder las hojas. Hoy hemos visto espinos, encinas y quejigos.

Esta sierra es espectacular, piedra gris sobre verde.

Iniciamos el recorrido por un carril de tierra que iba subiendo suavemente. Al poco lo dejamos para pisar la hierba.

  Iba delante  José Manuel, con su sombrero y su palo guiando nuestros pasos.

Todo iba muy bien, la niebla pasaba y nos dejaba ver el paisaje. Subíamos entre piedras y espinos. Pasamos junto a  una cueva que se llama “Del toma y bebe”.

Según cuentan, uno de  dos lugareños que labraban tierras cercanas se acercó a la cueva con la intención de beber agua de un manantial que en ella manaba. El compañero, con la intención de gastarle una broma se le adelantó y lo esperó en el interior. Cuando el primero llegó, este, de forma súbita, le ofreció agua diciéndole: “Toma y bebe”. Causándole tal susto que terminó con su vida.

A partir de este momento llegó la sorpresa que nuestro guía nos tenía reservada. La bajada por una pared. ¡Literalmente una pared!

Pero no hubo problemas, todos echamos cuerpo a tierra, más bien culo, y fuimos bajando como buenamente pudimos.

Si la bajada fue dura, la subida que nos llevaría hasta la cumbre, no tuvo nada que envidiarle.

La niebla iba y venía, envolviéndonos con su manto y cubriendo las plantas de gotitas de agua.

A medio día conseguíamos llegar hasta el Chamizo.

El viento helado hizo que echáramos mano de guantes, gorros y chaquetas.

Tras la foto que dejara constancia de nuestro paso por allí, iniciamos el regreso, no menos espectacular, pues fuimos cresteando hasta dar con una bajada más o menos factible que nos dejó en un llano en el que dimos cuenta de nuestros bocatas bien merecidos.

Continuamos nuestra marcha por los “Jardines”, una sucesión de llanos que hacen honor a su nombre.

A partir de aquí ya fue un continuado descenso, pasando por “Las pilas del señorito” y un bello bosque de pinos y espinos, entre los que Manolo se afanaba  en buscar sabrosas setas.

Sobre las cinco de la tarde ya estábamos en los coches de regreso a casa.

Cansados del duro día, pero satisfechos de la espectacular excursión realizada.

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