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En esta mañana casi veraniega en la que el sol luce en el cielo azul, nos encontramos unos cuantos amigos para recorrer nuevos caminos. Nuestro guía vuelve a ser José Manuel y nuestro destino las Huertas del Río, donde nos vamos a encontrar con el río Guadalhorce que nos va a servir de excusa para la excursión de hoy. En nuestros vehículos surcamos las carreteras que nos muestran los campos amarillos presagiando el inminente verano, pero todavía se ven muchas flores que alegran las cunetas. Pasado el pueblo llegamos al cortijo “El Rincón” edificado junto al río a cuyo margen crece un bonito bosque de rivera en el que predominan los olmos. Aquí bajo su sombra, que agradeceremos a la vuelta, dejamos los coches e iniciamos la marcha. Caminamos por un carril que nos aleja del río y sube entre tarajes en flor y tomillos que nos regalan su aroma. Aunque el sol ya está alto en el cielo, a estas horas todavía nos respeta y no nos hace sudar la gota gorda. Entre la hierba amarilla crecen pequeñas flores que en algunos tramos colorean la ladera del monte de rosa. Pasamos por la Cueva del Agua y nos asomamos a su entrada, una pequeña oquedad de la que sale agua. Continuamos subiendo. Cuando el carril ha llegado a su parte más alta damos vistas a unas rocas escarpadas que destacan sobre el paisaje. Entre las lomas circundantes aparece la nariz de la Peña. Abajo adivinamos el río que se desliza en su lecho fangoso rodeado de adelfas rosas y gayumbas amarillas. Ahora el camino describiendo curvas nos devuelve al río justo a la hora del bocata. A partir de aquí vamos a caminar entre las olorosas gayumbas, las zarzas, los lentiscos y un sin fin de plantas que nos infringen más de un arañazo. Este es el peaje que tenemos que pagar por atrevernos a hoyar estos lugares reservados a los animales habitantes de estos lares. Nosotros solo hemos visto una culebra y mariposas de llamativos colores que vuelan de flor en flor sin importarles las espinas. El río en las más de las ocasiones se deja oír, en las menos nos deja ver sus aguas nada transparentes y con las que en las cuatro ocasiones en que las cruzamos nos mojamos, unas veces por caídas, otras porque es preferible descalzarse y meter los pies antes que hacer equilibrios y otras por los más traviesos que nos empapan aunque ellos no salen tampoco indemnes en las refriegas. Y así siguiendo su curso, por senderos despejados, aunque precarios, o junto a él entre la densa vegetación, volvemos a donde nos esperan los coches custodiados por la sombra de los árboles que nos los han mantenido fresquitos y dispuestos a llevarnos de vuelta a nuestras casas. Volver al inicio de esta página Volver a Actividades realizadas Volver a la página principal
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