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Ha amanecido con un cielo casi despejado que nos augura un día magnífico. Pero a medida que nos acercamos a nuestro destino, El Burgo, en el horizonte se dibujan nubarrones negros que poco a poco cubren todo el azul. Cuando llegamos al cruce del carril que llega a la Fuensanta está lloviendo. El camino discurre junto a un arroyo entre pinos, chopos adelfas, higueras y encinas. Continuamos hasta la zona recreativa de los Sauces, donde están las ruinas de un antiguo convento. Aquí dejamos los coches. Nos pertrechamos de chubasqueros y paraguas, y sin temor al agua nos encaminamos por una senda que pronto cruza el cauce seco del arroyo del Convento. El sendero va ascendiendo poco a poco junto al barranco de la Encina, por un bosque de pinos, encinas, romeros, torviscos y aulagas. Vemos restos de antiguas minas. Continuamos subiendo, hasta alcanzar el arroyo en un bello paraje donde predominan los pinsapos. Llegamos hasta un cortijo muy bien cuidado, hay una higuera enorme de hojas amarillas y cerezos. Ahora el camino va llaneando y enseguida tenemos a la vista nuestro objetivo, el Peñón de Ronda. Iniciamos la subida en un pequeño llano donde hay algunos pinsapos esqueléticos, restos de un antiguo incendio. Vamos subiendo, sorteando aulagas y romeros, hasta llegar a un collado donde hay algunas sabinas enormes. Ha dejado de llover y el sol asoma tímidamente entre las nubes. En el último tramo antes de alcanzar la cumbre, sopla un viento muy fuerte que a veces te desestabiliza. Pero el esfuerzo ha merecido la pena, como premio un arco iris enorme se dibuja en el cielo. Nos sentamos para disfrutar del paisaje. Podemos distinguir Sierra Prieta y la sierra de Alcaparaín. Frente a nosotros un magnifico pinsapar y la cañada de la Encina por donde hemos venido. Buscamos un sitio resguardado del viento para hacernos la foto de rigor y enseguida bajamos . Nos metemos entre las aulagas que nos cierran el paso y nos pinchan. Pero al final todos llegamos a bajo, con más o menos arañazos, pero contentos. Nos hemos ganado un trago de vino. Llegamos hasta las ruinas del cortijo de Ronda, donde nos esperan algunos amigos que no han subido al Peñón. Ya es hora de comer y este es un sitio estupendo. Un bocata y un tiento de la bota nos reconfortan. Nos ha llovido, nos hemos pinchado, ha hecho viento. Pero ahora estamos aquí sentados, oyendo la charla y las risas de los compañeros, al abrigo de los farallones del peñón, admirando las laderas cubiertas de pinsapos y la llanura ondulada de piedras entre las que quiere colarse el verde de la hierba. Y te sientes bien, no necesitas nada más. Hasta que suena el silbato de nuestro amigo Juan que nos pone de nuevo en marcha. Rodeamos el Peñón por un sendero que atraviesa una verja. Bajando suavemente llegamos hasta el cortijo del Palancar. Continuamos por un carril embarrado, de nuevo entre pinos y encinas, que tras la lluvia lucen su color verde recién lavado. Huele a bosque. Un viento suave se cuela entre las ramas de los árboles. Algún pájaro nos saluda con sus trinos. Una encina enorme, preciosa, nos anuncia que hemos llegado al fin de nuestro recorrido. El sol ilumina la tarde. Ha sido un día estupendo. Volver al inicio de esta página Volver a Actividades realizadas Volver a la página principal |