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30 de Marzo de 2008 . CANILLAS DE ACEITUNO-LA MAROMA
Hoy madrugamos más, teniendo en cuenta el cambio de hora. Así que cuando salimos de Antequera a las 7.30 el sol todavía no ha pintado de colores la mañana. Poco después de las nueve llegamos a Canillas, donde dejamos los coches y nos disponemos para emprender la marcha. Tenemos por delante una dura jornada. Subimos por las calles estrechas y dormidas del pueblo. El cielo está completamente azul y el sol ilumina la torre del campanario de la iglesia. Muy animados salimos en busca del camino de la nieve por donde tiempos atrás bajaban el hielo cargado en mulos desde la sierra. La senda sube entre pinos hasta conducirnos a la fuente de la Rábita. Cerca, custodiada por unos pinos muy altos, hay una cueva. Según consta en un cartel fue una mina en tiempos de los romanos. Hoy parece servir como refugio para el ganado. Desde aquí podemos contemplar la costa y el mar. Seguimos por la senda en continua subida. El sol y el esfuerzo nos hacen sudar. Paramos para desayunar bajo la sombra de unos pinos. Frente a nosotros se recorta la figura pétrea de la Maroma. Desde aquí parece inaccesible. En el camino aparece un perro, es Pongo que precede a nuestros amigos Javier y Germán. Saciado el apetito continuamos nuestro ascenso. Vemos algunas sabinas y enebros. El camino está muy bien trazado. Atraviesa barrancos, pasa por terrenos de roca blanca y junto a paredes rojizas. Por zonas donde apenas hay vegetación y por paisajes almohadillados de piornos, hasta que al fin aparece el enorme vértice geodésico que nos indica que hemos coronado la cumbre. Pero, ¿qué pasa aquí, es que hoy todo el mundo ha decidido subir a la Maroma? Jamás había visto tanta gente aquí arriba. Por lo menos somos cincuenta personas las aquí congregadas. No importa hay sitio para todos. Algunos suben al monolito y en un alarde de valor hasta se descamisan. Hoy es mi cumpleaños y me cantan cumpleaños feliz. Desde luego no hay mejor escenario para celebrarlo. Aunque están entrando algunas nubes, luce el sol y decidimos comer aquí. Después de reposar la comida y del intento fallido de siesta de Manolo, comenzamos el descenso. Sin senda llegamos hasta los restos de la casa de la Nieve. Seguimos a José Manuel que con su palo y su sombrero va delante marcándonos el camino. Damos con una vereda que entre espartos, romeros y aulagas discurre entre las rocas dando vistas al pantano de la Viñuela. La vereda zigzaguea y se interna entre jaras y romeros casi tan altos como yo. Hasta que al fin aparece Alcaucín que poco a poco se va haciendo más grande a nuestra vista. De repente el camino termina en un cortado. Pero el pueblo está ya ahí Nos recibe el tañido de las campanas y una fuente de agua fría en la que saciamos la sed. Recorremos las calles de casas blancas. José Manuel, que nació aquí saluda a sus antiguos vecinos. En un bar tomamos algo y terminamos una jornada memorable que indudablemente atesoraremos en nuestra memoria.
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