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A la siete de la mañana nos encontramos, como de costumbre en la plaza de toros. Hoy somos un nutrido grupo, treinta y ocho, se ve que las dificultades nos asustan cada vez menos. Vamos a superar más de 900 m. de desnivel. Cuando salimos es todavía de noche. Las primeras luces del día nos encuentran en las llanuras de Zafarraya. En el horizonte se recorta nuestro objetivo, sierra Tejeda, iluminada por un resplandor amarillo. El cielo se ha vestido de domingo con un azul brillante, adornado con algunas nubes blancas. Dejamos los coches en el Robledal, una zona de acampada. Con las mochilas al hombro, iniciamos la marcha por un carril que discurre entre pinos. Poco a poco vamos ganando altura. Paramos un poco para recuperar el aliento y poder contemplar el paisaje. A lo lejos, tras la llanura, distinguimos los perfiles de Sierra Nevada. Pronto el carril se convierte en senda envuelta en un pinar en el que se mezclan encinas y quejigos acompañado por un matorral formado por romeros, enebros y aulagas. También hay algunos arces, que ya dejan caer sus hojas amarillas. El camino nos conduce en fuerte subida junto al barranco de los Presillejos. Pronto termina el bosque y comienza una ladera pizarrosa, en la que apenas crecen algunas hierbas. La senda nos lleva a un llano, los corrales de Martín, este nos parece un buen sitio para desayunar. Un trago de la bota de vino nos reanima y nos da fuerzas para continuar. Frente a nosotros tenemos el collado de la lobera, para mí, el tramo más bonito del itinerario. Aquí se encuentran algunos ejemplares de tejos que antiguamente poblaban toda Sierra Tejeda y de los que probablemente, tomaron el nombre. Además hoy está precioso pues el otoño se ha instalado aquí y nos ofrece un contraste de colores sobre la piedra gris. Los verdes los ponen los tejos y los pinos y los dorados y cobrizos los arces, los mostajos y los escaramujos que exhiben sus frutos rojos. Pasado el collado, el camino discurre por un pedregal siempre en ascenso y en poco menos de una hora nos lleva a nuestro destino, la Maroma. Hemos tenido suerte y aunque corre viento frío, no hay muchas nubes y podemos disfrutar del paisaje. Esta cumbre es una espléndida atalaya sobre la Axarquía que se extiende a nuestros pies salpicada de pueblos blancos y como telón de fondo el azul del mar. También vemos una sima antiguamente usada como pozo de nieve y que da nombre a esta cumbre, ya que usaban una maroma que siempre dejaban colgada para sacar la nieve. Y cumplido nuestro objetivo y tras la foto de rigor, toca bajar. Volvemos pasando por un tajo sobre paredes verticales, bajo las que se extiende un terreno ondulado salpicado de cortijos blancos. Continuamos entre piornos de color verde oscuro que contrasta con el verde-grisáceo de otras plantas, lo que le da al paisaje un aspecto muy especial, parece que estuviera cubierto de una tela estampada. Si la subida es dura, la bajada también tiene su dificultad. Además de empinado el terreno está cubierto de las agujas de los pinos y alguno que otro da un resbalón. Pero todos llegamos ilesos a los coches, cansados, pero contentos. Podemos decir que otra vez hemos conquistado La Maroma, o más bien que ella nos ha vuelto a conquistar.
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