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(La fotografía no es buena pero algo se ve) A las doce de la noche, treinta y un amigos y amigas nos reunimos en la Plaza de Toros con la buena intención de llevar a cabo una caminata un tanto especial, una ruta nocturna por los pantanos del Chorro. Ya bien aparcados los coches, nuestro guía, Reinaldo, nos aproximó un poco a lo que nos acontecería ésta espléndida noche. Trataría de una noche donde podríamos disfrutar de los maravillosos paisajes que nos ofrecían los pantanos y arboledas, iluminados por una noche estrellada y una luna llena. Y para que no nos venciera el sueño, se prepararon una serie de divertidos juegos que se llevarían a cabo durante toda la velada. Lo primero fue organizar dos equipos, nos dividimos en solteros, encabezados por Manolo Benítez, y casados, dirigidos por el ya veterano capitán de fútbol Luis. Ambos, provistos de lápices de colores, marcaron las caras de sus jugadores para diferenciarlos, quedando el equipo de Manolo con rallas amarillas por toda la cara, y el de Luis con un discreto pelotazo azul en la frente. Además, Reinaldo preparó una serie de lógicas pero enrevesadas preguntas matemáticas para ir contestándolas durante toda la ruta. Para terminar, los equipos se enumeraron para evitar posibles pérdidas. Así, a las una de la madrugada una treintena de indios senderistas provistos con linternas y chalecos reflectantes emprendieron su camino. Poco más adelante encontramos el monumental sillón de piedra donde el Rey Alfonso XIII inauguró la presa del Chorro. Allí, nos entretuvimos minutos más de los previstos para que cada grupo intentase responder algunas de las entretenidas preguntas. Seguimos con paso ligero, acompañados por las vertiginosas presas, los maravillosos pantanos con el precioso reflejo de la blanca luna, adornada en todo momento por un apacible cielo estrellado. Ya más avanzados en nuestro recorrido, nos introducimos en el oscuro bosque, donde poco más adelante nos detuvimos para llevar a cabo el primer juego. Trataba básicamente del tradicional “escondite”. Al toque de silbato teníamos que escondernos para que el arbitro, Reinaldo, no nos encontrara con la ayuda de su linterna. Aquí se acabó el frío, después de tres carreras monte arriba. En éste encuentro, los vencedores fueron el equipo de los casados. Retomamos nuestra ruta y decidimos hacer un recuento. En éste se descubrió las cualidades interpretativas de algunos miembros, que fueron capaces de engañar al grupo por completo fingiendo la falsa pérdida de Manolo y su sobrino Luis. Por una cuesta no muy pronunciada llegamos a una explanada de unas canteras abandonadas, donde tuvo lugar el segundo juego. En esta explanada se había escondido la bandera del club, y para ganar este juego debíamos encontrarla. Por una serie de pistas finalmente conseguimos averiguar que estaba escondida en una mochila, así que todos instintivamente nos descargamos y comenzamos a buscar. Sin logro alguno descansamos tomando un pequeño aperitivo. Sin que nadie se percatara, finalmente fue Manolo Benítez quien encontró la bandera en la mochila de Paco Rama. Con los equipos empatados continuamos nuestro recorrido por una cuesta, esta sí, bastante empinada para llegar al Mirador de los Embalses, donde pudimos contemplar las espléndidas vistas. La nitidez con la que se vislumbraban las estrellas era sorprendente. Intentamos localizar en el cielo, sin mucho éxito, la Osa Mayor, la Osa Menor, el Carro, la Estrella Polar… Echando la vista abajo, una vez más, la preciosa fusión entre los pantanos y el relieve. Bajamos por una pista serpenteante y pronunciada, ya se notaba el cansancio y el sueño de algunos. De nuevo nos tropezamos con el sillón de Alfonso XIII, donde Reinaldo corrigió las preguntas matemáticas, determinando finalmente entre los dos equipos un empate. Aprovechamos la luz de las farolas para hacer la tradicional foto de grupo y emprendimos camino hacia los coches. Una vez aquí el grupo empezó a desintegrarse, unos regresaron a casa y la mayoría en nuestros vehículos nos dirigimos al Mirador de la Encantada, donde justo a las ocho y doce minutos de la mañana punteó un anaranjado y sereno sol mañanero. Fue un espectáculo breve, pero precioso. Desde aquí se nos recreamos en el paisaje, los pantanos y la majestuosa Huma destacándose de entre el relieve la Huma y la Capilla. A pesar del cansancio, lo que quedaba del grupo no quisimos despedir esta inolvidable velada sin visitar nuestra cafetería favorita de Campillos, El Cañero, donde desayunamos a base de bien. Con ganas de descansar y el estómago calentito nos despedimos recordando ésta inolvidable noche.
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