|
Hoy nuestro paseo va a ser
por los pantanos del Chorro.
Comenzamos cerca de Gobantes, en las inmediaciones de las
obras del AVE.
Fuimos ascendiendo por una pista que transcurre entre un
sabinar precioso.
Pronto la abandonamos para seguir monte a través, pisando la
hierba salpicada de flores que se han asomado para ver la primavera.
Algunas, modestas, apenas se levantan del suelo. Otras, como las varitas
de San José se yerguen orgullosas, mostrando sus flores blancas recién
estrenadas.
A medida que vamos ganando altura, se ensancha el paisaje.
Ante nuestra vista aparece la vega, la sierra de Humilladero, la
Camorra...
Llegamos hasta un cortado bajo el que vemos el pantano de
Peñarrubia, con su peña detrás, dorada por el sol. Es un buen sitio para
sacar la bota y reponer fuerzas.
Continuamos, ahora, sin sendero. Las sabinas y el romero
apenas nos dejan pasar. No nos libramos de algún que otro arañazo.
Cuando por fin, se despeja el
camino, toca bajar entre piedras, cada uno como puede, hasta llegar a
una alambrada que hay que saltar.
Llegamos a un llano cubierto
de tomillo. Aquí nos hacemos la foto, pues Juan y Julio se tienen que
ir.
Los demás continuamos por una
pista hasta un mirador, desde el que podemos contemplar una vista
excepcional de los pantanos.
Podemos ver el pico del
Convento y adivinar la garganta de los Gaitanes.
Aquí sopla muy fuerte el
viento, así que buscamos un sitio más resguardado para comer.
Encontramos un llanete, bajo
la sombra de un pino. Nos sentamos en la mullida hierba y a comer se ha
dicho.
Hoy vamos a disfrutar hasta
de la siesta. Algunos roncan mientras el viento juega entre las ramas de
los árboles y a veces se atreve a tocarnos suavemente la cara.
Desandamos parte del camino,
hasta el tomillar.
Seguimos por una pista que
baja suavemente, envueltos en el aroma del romero y del tomillo y en los
colores del paisaje que se recorta en el horizonte. En el cielo se
desparraman las nubes. Jirones blancos que mitigan el brillo del sol que
nos acaricia dulcemente.
La pista vuelve a dar vista a
los pantanos.
Bajamos, subimos... La pista
se hace un poco pesada.
Ya estamos cerca, ya vemos la
Capilla y el Camorro de Chimeneas, una isla gris entre los campos
verdes.
De repente aparecen los
coches. ¡Hemos llegado!
|