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A las siete de una mañana espléndida nos hemos encontrado 18 amigos del Torcal dispuestos para conocer nuevos sitios por los que caminar. Nuestro amigo José Manuel nos ha diseñado un itinerario por el parque de la Sierra Tejeda y Almijara. Y no nos ha decepcionado. Tras poco más de una hora de carretera, llegamos a Sedella, donde nos esperaban José Antonio y un amigo de Fuengirola. El cielo completamente azul nos hace esperar un día de calor. Salimos del pueblo por una calle empinada que nos lleva a unas huertas. Una senda paralela a una acequia va subiendo entre gran variedad de plantas. Llegamos a un antiguo molino reconstruido sobre el que hay un depósito de agua del que se nutren las acequias. El camino sigue subiendo y el calor aprieta. Llegamos junto a un barranco por el que se precipita el río de la Fuente. La senda sigue paralela al barranco y poco a poco nos acerca al río que nos acompaña con su rumor. La ladera que tenemos frente a nosotros está coloreada de multitud de puntos de color rosa. Son jaras y matagallos en todo el esplendor de la primavera. Unos pinos enormes nos invitan a parar un poco bajo su sombra. Además es buena hora para desayunar. Un poco más abajo, el río, cantarín, sigue su curso entre adelfas y zarzas. Continuamos, cruzamos el río, con las travesuras consiguientes, algunos salen un poco mojados. Vemos una antigua calera muy bien conservada. Y seguimos subiendo, ahora por la ladera que tan bonita nos pareció antes. Ya no se oye el río, no se, si por que lo hemos dejado muy abajo, o por que los latidos del corazón y el sonido de mi respiración, me lo impiden. Llegamos a lo alto, pero ante nuestro objetivo, el cortijo de Picaricos, se interponen varias lomas que hemos de dejar atrás. Subimos y bajamos. El camino nos conduce a las ruinas de un cortijo, que está en un llano completamente verde y custodiado por algunos árboles, hay un almencín, y un cerezo enorme, cargado de cerecitas que de aquí a un par de meses tienen que estar deliciosas. Un arroyo corre cerca. Frente a nosotros la ladera sobre la que está Picaricos. Continuamos por una senda paralela al arroyo entre espinos y escaramujos, sobre un suelo mullido de hierba y salpicado de gran cantidad de flores de muchos colores. Vemos otra calera, atravesamos el arroyo y volvemos a subir por una senda empinada. Pasamos junto a otros cerezos y cenizos, que son parecidos a las aulagas, pero más altos y no pinchan. Por fin alcanzamos nuestro objetivo. Los Picaricos tuvo que ser un cortijo enorme, y desde luego está en un sitio privilegiado. Pero nosotros continuamos hasta llegar al pico del mismo nombre. Paramos un momento para reagruparnos y recuperar el aliento y enseguida seguimos camino de la llanada. Todavía tenemos que subir algo más. Nos encontramos con un lugareño que dice que le nombran por “Paco de la Leuteria”. El hombre se extraña de que estemos aquí por gusto, según le dijo a Inma: “verdad señora mujer que a la noche tiene que estar usté reventá, porque habiendo buenos coches y carriles lo que ande el caballo el cuerpo no lo lleva”. Paco siguió en busca de sus vacas, que nos contó tenia para entretenerse, y nosotros seguimos por las llanadas a las que ya habíamos llegado. Frente a nosotros se alza la Maroma sobre la que se han pegado algunas nubes, desde aquí podríamos llegar a su cumbre, pero lo vamos a dejar para otra ocasión y volvemos al cortijo a comer allí que va siendo hora. Buscamos un sitio en la antigua era, un balcón sobre la ladera del monte. Ante nosotros colinas punteadas por pinos muy bien puestos, se ve que son de repoblación. A lo lejos una sucesión de sierras se recortan sobre el cielo azul. Cuando nos cansamos de los insectos que revolotean a nuestro alrededor, decidimos continuar. Ahora todo es bajar. Pronto aparece ante nosotros Sedella, de casitas blancas apiñadas unas junto a otras. El camino discurre entre jaras, cantuesos, matagallos y distintas flores blancas y amarillas, unas veces sobre piedra, otras sobre hierba. El pueblo cada vez se ve más cerca, en un recodo del camino aparece el puente romano, ya nos queda poco. Paramos en el puente, hay que hacerse una foto. Ya se oyen ladrar los perros, que nos dan la bienvenida. Atravesamos las calles estrechas, de casas blancas adornadas con macetas, hasta dar con el bar de Frasco, donde nos tomamos un merecido café antes de volver a los coches que nos llevaran de vuelta a casa.
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