Ha amanecido un día claro de primavera. En el cielo solo hay una nube y está justo encima del Torcal a donde nos dirigimos.

            Cuando llegamos al aparcamiento luce el sol aunque hace bastante frío, 4º C. Nos abrigamos y con nuestras mochilas al hombro iniciamos el recorrido que nuestro “secre” nos ha preparado, pues el experto en el tema, Julio, no ha podido acompañarnos.

            Caminamos tranquilamente admirando las flores que crecen al abrigo de las rocas. Vemos jacintos, geranios diminutos, lirios, algunas orquídeas...

            La descripción de la ruta de hoy hablaba de que no tendríamos pasos difíciles. Pero amigos esto es el Torcal y cuando menos te lo esperas hay que echar cuerpo a tierra, dar un salto o apoyarte en una mano amiga que tire de ti. Y así llegamos a “Siete mesas” desde donde podemos adivinar entre la bruma de la mañana la costa y ver el aparcamiento a estas horas casi vacío.

            Continuamos hasta llegar al “Bebedero de los buitres”, antes Manolo, haciendo alardes de su  fuerza intenta sostener una gran roca de formas caprichosas, creo que la llaman “La Quimera”.

            Desde el Bebedero tenemos una panorámica de las sierras que emergen sus contornos difuminados entre las nubes que las rodean. Podemos distinguir la Sierra de las Cabras, las del Rosario, la Maroma y adivinar al fondo Sierra Nevada.

 Hasta “El Sombrerillo” queda poco, algunos saltos más y enseguida llegamos.

            Manolo, nuestro rey de las alturas, se sube a él. Imitándolo le siguen Reinaldo, Luis y Daniel. Las mujeres no podemos ser menos y haciéndonos las valientes, también subimos.     

            Desde aquí vemos el Pilón de la Cruz y  los caminos que los canteros, tiempo atrás, utilizarían en su trasiego por estos lugares. Iniciamos la bajada entre piornos que ya están adornados con algunas de sus flores azules. Los espinos lucen sus primeras hojas de verde intenso.

            Siguiendo uno de estos antiguos caminos llegamos a la Casa de Juan González, antiguo cantero. La casa es solo un habitáculo reducido donde la vida no sería muy confortable. Delante hay una pila para el agua y una caseta que parece hecha a la medida para un perro.

            Son las 10.30 una hora y un lugar idóneos para el bocata de la mañana.         

            El sol empieza a calentar y nos invita a quitarnos una capa de ropa.

            Continuamos por el camino. Los gamones ocupan todo el espacio que dejan libre las rocas. Unos buitres nos sobrevuelan majestuosos.

            Después de alguna que otra vuelta llegamos hasta “las sepulturas” un lugar en el que quedan los restos de un antiguo poblado de canteros.

            Deambulando entre sus ruinas, descubrimos un pilón donde recogerían el agua de  lluvia, entramos en lo que serían sus casas y vemos los restos de los rediles y alguna que otra piedra de molino sin terminar.

Pero cual no sería nuestra sorpresa cuando dentro de una de las casas nos encontramos con la estatua y un cuadro de Buda. Según ponía en un papel estaba bendecido y llevaba allí desde septiembre de 2007. Terminaba el escrito con un Mantra de “buen rollito”.

            Desde luego esto es lo último que esperábamos encontrarnos.

            Después de esta experiencia mística, iniciamos el regreso. A partir de aquí se sucedieron los saltos, las subidas y bajadas a rocas, vimos una tortuga gigantesca y otras formas que la imaginación sugería a cada cual y una roca que parecía suspendida en el aire.

            Lola se quejaba a cada paso difícil, pero un cancaneo es un cancaneo y estoy segura que se divirtió y no faltará al próximo, aunque nos guíe Julio.

            Al final el grupo se dividió. Unos volvimos por el pilón de la Cruz hasta la carretera. Y otros subieron por el Sombrerillo hasta los aparcamientos donde dejamos los coches.

            En el Nacimiento de la Villa paramos. Se nos ha olvidado la foto de grupo. Subsanado el error, continuamos que es la hora de comer.

            En fin otra mañana divertida descubriendo rincones preciosos en el pétreo laberinto de nuestra sierra.

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