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A las siete de la mañana nos encontramos, como de costumbre, en la plaza de toros. Tras los saludos, nos dirigimos en coche hacia el Nacimiento de la Villa. Cuando llegamos el sol iluminaba la ladera de la sierra en la que se dibuja el camino por el que vamos a subir. Empezamos con algo de frío, pero pronto entramos en calor. La cuesta es muy empinada y nos hace sudar. Paramos un momento para recuperar el aliento y contemplar el paisaje. Hemos dejado muy abajo el Nacimiento y el camping. La Peña aparece detrás de onduladas y verdes colinas. A nuestra derecha la sierra de las Cabras emerge entre la bruma que el sol de la mañana levanta del suelo. Entramos al Torcal por el paso del “Peligro”. Nos recibe un llano verde flanqueado por espinos en flor. Algunos no se resisten a la tentación de coger los espárragos que crecen muy altos entre los árboles. Bajamos a otro llano, también verde y después de atravesar una alambrada, hay que volver a subir. Los pájaros nos saludan con sus trinos y algunos escaramujos ya están coloreados con sus bonitas flores. Al fin encontramos un buen sitio para desayunar. Sacamos las botas de vino y los bocatas, y a reponer energías, que hay que seguir subiendo. Ahora por un bosquecillo de espinos y encinas. Hay multitud de flores, orquídeas, salvia, margaritas, erodium, silenes... que nos alegran la vista con sus llamativos colores. Pronto alcanzamos otra alambrada que tras cruzarla, nos deja muy cerca del pilón de la cruz. Antes pasamos por la casa de Juan González del año 1787, según consta grabado en una piedra que hay junto a ella. Aquí vivían canteros. Desde luego tenían abundante materia prima. Vemos el pilón y comprobamos que está lleno de agua. Nuestro siguiente objetivo es el sombrerillo que podemos ver en lo alto de la sierra. Pasamos por un prado en el que hay varios grupos de peonías, están preciosas y perfuman el aire con un su suave olor. Seguimos subiendo. Ahora son los piornos cargados de flores azules los que nos acompañan y tras pasar entre unos espinos, al fin llegamos al sombrerillo. ¡Ya hemos subido todo lo que teníamos que subir! Paramos para hacernos la foto de rigor y contemplar el paisaje. A lo lejos, entre la bruma, se dibuja la silueta de la Maroma, más cerca, Archidona custodiada por su sierra, y a nuestros pies, Antequera. El camino por las Vilaneras es llano y muy agradable. Abajo vemos los caminos por los que hemos venido antes. Ante nosotros terrazas entre cornisas verdes, blancas y amarillas de hierba y flores. También tenemos un poco de aventura, hay que trepar por una grieta. Ponemos en práctica nuestras técnicas de escalada. Entre chistes y risas, todos subimos. A algunos hasta les da tiempo de echar una siesta. Seguimos llaneando. Ante nosotros, poco a poco, se perfila el camorro de Chimeneas. Hay un arce muy bonito, que ya tiene flores. Llegamos al puerto del Gato, y ya todo es bajar. Y aunque perdemos un momento el camino entre los cardos que se empeñan en pincharnos, enseguida llegamos al puerto Duarte. Bajamos justo enfrente del camorro Verde, a un llano al pié del de Chimeneas. La parte más baja de su ladera está coloreada de amarillo y sobre su cumbre unas nubes semejan el humo de una chimenea. Ya solo nos queda bajar la “Escaleruela” donde esta mañana dejamos un coche. Hemos hecho un buen recorrido por el Torcal. Está precioso vestido de primavera.
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