CANCANEO POR EL TORCAL

             Que mejor manera de empezar el año que un cancaneo por el Torcal.

            Así que a las ocho de una mañana fría nos dirigimos hacia la sierra.

            En la carretera paramos para contemplar la salida del sol que tiñe de rojo el cielo mientras el astro rey hace su aparición en el horizonte pintando con tonos dorados el paisaje.

            Con las mochilas al hombro iniciamos nuestro caminar detrás de Julio.

Antes de adentrarnos por los parajes menos conocidos de nuestra sierra, pasamos por el “Tinterillo” y por “Siete Mesas”

            Empiezan a entrar algunas nubes que en algunos momentos nos envuelven en niebla y en otros dejan paso a  tímidos rayos de sol que agradecemos.

            He de decir que un “cancaneo” no se puede considerar senderismo o montañismo. Es un deambular sobre las rocas, o bajo ellas. Hay que trepar o gatear, quitarse la mochila para poder pasar por pasillos estrechos, saltar o descolgarse por las piedras, arañarse con las zarzas y agacharse bajo túneles de vegetación.

            Podemos escuchar frases como “hay Dios mío, hay Dios mío”, o “pero como voy a subir por ahí”, o por “aquí no quepo”....

            Pero, así es como podemos descubrir rincones preciosos, no solo por las formaciones rocosas que en algunos momentos semejan laberintos y en otras están adornadas de carámbanos de hielo,  sino por la vegetación que contemplamos. Hemos visto hermosos  ejemplares  de quejigos de ramas desnudas y troncos cubiertos de musgo, bosquetes de arces que alfombran el suelo con sus hojas muertas y espinos cubiertos de líquenes.

            En  nuestro paseo llegamos al mástil, la zona más alta del Torcal desde donde podemos contemplar el mar y adivinar entre las nubes Sierra Nevada. Más cerca, las sierras del Rosario, la de las Cabras y la Peña de los Enamorados.

            Luego pasamos por las Vilaneras, con mucha precaución pues hay hielo en algunos tramos.

Y después de algunos destrepes, muchos saltos, algún que otro resbalón y algún siete en el pantalón, llegamos al callejón ancho por el que Julio nos conduce hasta la ruta amarilla ¡Por fin la civilización!

            Enseguida llegamos a los coches llenos de barro y con algún arañazo pero desde luego lo cierto es que nos hemos divertido un montón.

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