Perfil de la ruta de LA CRUZ DE CAMAROLOS

  

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Eran las 8,30 de la mañana, cuando nos encontramos bajo un cielo completamente despejado que auguraba un día radiante.

Nos dirigimos hacía Villanueva del Rosario. Por la carretera, los campos pasaban ante nosotros completamente helados. El termómetro del coche llegó a marcar -1º C.

Llegamos al pueblo, dormido a estas horas,  y dejamos los coches junto a la ermita. Aquí nos reunimos con nuestros amigos de Fuengirola y  con la pequeña María y su padre.

Un total de 28, tras los saludos, iniciamos la marcha por un sendero, junto a un arroyo,  completamente embarrado. Nuestras botas se pegaban al suelo y el barro se pegaba a ellas haciendo que pesaran un montón.

Al fin, dejamos el barro y por un bosque de pinos con suelo verde de hierba nueva, seguimos subiendo por “El Portillo” hasta los tajos de “La Ventana”. Unas paredes verticales en las que hay abiertas varias vías de escalada. Un agujero como una ventana les da el nombre.  Ahora estaban desiertas, solo algunos pájaros negros muy escandalosos desafiaban su altura.

Unas nubes tapaban el sol, pero el astro pudo más y nos dejó ver frente a nosotros la sierra  y el pico del Chamizo, envuelta en un halo de bruma.

Seguimos subiendo por piedras resbaladizas hasta llegar a “El llano de la madera”. Un llano enorme cubierto de hierba, a estas horas helada, y flanqueado por paredes grises. Lo adornan algunos escaramujos y espinos, entre rocas cubiertas de musgo verde brillante.

Seguimos subiendo junto a las paredes.  Pasamos bajo algunos acebuches y encinas, hasta llegar a una alambrada que tuvimos que cruzar. Dando a un llano y un paisaje precioso. Seguimos por un carril embarrado que nos condujo a un valle por el que discurre, tranquilo un arroyo. Es el Guadalmedina recién nacido.

A nuestro alrededor, algunos árboles, arces y espinos. Paredes revestidas por la hiedra. Algunos trozos cubiertos por el almohadillado piorno. Sobre el horizonte se  recortan las sierras, y sobre el cielo algunas nubes ponen una pincelada blanca sobre el azul.

Entre las rocas buscamos un paso.  Subimos a un llanete muy bonito, alfombrado de hierba, sobre el que se alzan un grupo de espinos altivos que parecen muertos. Están dormidos, a la espera de la primavera que los haga renacer.

Ya tenemos a la vista nuestro objetivo, solo nos queda un último esfuerzo para conquistar la cumbre. En realidad no somos nosotros los conquistadores. Es la montaña la que nos conquista y nos engancha. Y a pesar del esfuerzo y del sudor volvemos a ella una y otra vez, para que nos muestre sus distintas caras. Colores opacos en un día nublado, o brillantes en un día soleado. Árboles desnudos en invierno, o cubiertos de hojas verdes en primavera.

Todos conseguimos llegar arriba, hasta la pequeña María. Abajo tenemos el valle en el que nace el Gaudalmedina y a nuestra derecha Peña Negra, donde estuvimos hace poco. Algunas nubes pasaron rápidamente y nos dejaron disfrutar del paisaje bajo el sol. Sacamos la bota, nos pasamos los frutos secos y el chocolate, y tras la foto de rigor, iniciamos el descenso. Frente a nosotros, apareció la Maroma y Sierra Nevada completamente blancas de nieve. Las piedras estaban muy resbaladizas, así que tuvimos concurso de caídas, más de uno resbaló con el consiguiente cachondeo de los demás. Llenos de barro y un poco cansados, llegamos a los coches, algo más tarde de lo previsto, pero creo que todos contentos.

En esta ocasión nos han acompañado algunos por primera vez. Desde aquí les quiero dar la bienvenida. Y espero que hayan disfrutado de la excursión y de la compañía.

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