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CRÓNICA Hoy hemos batido record de participación. Somos 54. Se ve que la mención de Grazalema atrae a muchos. Ha amanecido un día espléndido de aire limpio, recién lavado por las últimas lluvias y cielo completamente azul. Iniciamos la marcha en el puerto del Boyar. Tomamos un sendero entre pinos que va subiendo poco a poco, resguardado a la izquierda por paredes de calizas grises. A la derecha el paisaje se extiende sobre la llanura. Podemos ver el pantano de Bornos. A la hora del desayuno llegamos a la casa del Dornajo, en ruinas. Es un paraje precioso, estamos casi rodeados de agrestes paredes. La hierba cubre el suelo con un manto verde. Hay un tronco seco, enorme, caído en el suelo. Algunos lo usan como asiento. Otros preferimos la sombra de las encinas. Hoy es el árbol que más vamos a ver. Algunas son encinas centenarias. Vamos a disfrutar de un repertorio de troncos verdosos de musgo y líquenes. Unos rectos, otros recostados sobre rocas. Algunos con formas curiosas, otros con enormes huecos. Bajo la sombra de sus ramas crecen un sin fin de plantitas verdes. Y dan cobijo a setas y hongos. Después de reponer fuerzas, continuamos hasta casa Fardela. Situada en un llano cubierto de hierba. El paisaje aquí es más abierto y ofrece un bello contraste entre el verde del suelo con los grises de las rocas y el azul del cielo. Ahora tenemos que subir entre piedras. Los que no ven el sendero trepan hasta ponerse arriba. Volvemos a bajar. Nuestra amiga Alicia sufre una caída y se lastima una mano. Enseguida surgen los botiquines, y pronto le aplican crema y le ponen una venda. Todo ha quedado en un susto que enseguida olvidamos cuando pasamos por el Navazo del Cao. Una depresión entre paredes rocosas completamente verde en la que crecen espinos. Sobre ellos hay muérdago que ahora luce sus bayas rojas, casi se confunden con las de los árboles que lo sustentan. Por aquí corretean algunos cerdos. Este debe ser su paraíso. Tienen bellotas, agua y barro. ¡Qué más quieren! Volvemos a subir. Al mirar atrás contemplamos un espectáculo de color. El gris de la roca, los distintos tonos del verde de la hierba y las encinas y el rojizo de los espinos. Ya solo nos queda cruzar otro llano y bajar. Cuando aparece Villaluenga del Rosario, justo debajo de nosotros, casi a vista de pájaro, me cuesta imaginar como vamos a llegar abajo. ¡Es una pared! Pero un sendero en zigzag sobre rocas, poco a poco nos acerca hasta el pueblo. ¡Lo hemos conseguido! Una fuente de agua fresca, nos calma la sed y nos refresca. Estamos dispuestos para continuar hasta Benaocaz. Nos quedan 6 Km. Algunos tramos por la carretera, otros por una calzada romana que atraviesa la manga de Villaluenga. Un corredor verde entre paredes grises. Cuando llegamos al autobús el sol empieza a esconderse detrás del horizonte. Hoy ha sido nuestro compañero durante todo el día. Ya solo nos queda el viaje de vuelta. Atrás, envueltos en la noche, quedan los pueblecitos blancos y las sierras que esconden rincones tan bellos. Creo que nadie ha quedado defraudado.
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