Sierra de las Cabras (15-1-2012)
Son las ocho de la mañana, el cielo está despejado y la temperatura es la propia de la época del año en la que estamos, fria. Poco a poco los que vamos a participar en la excursión de hoy vamos llegando y tras unos minutos de espera, nos dirigimos hacia el punto de partida de la ruta en las inmediaciones del Nacimiento de la Villa. En el azul transparente, algunas nubes rosas flotan sobre nuestro objetivo, La Sierra de las Cabras.
Hechas las presentaciones de los que participan por primera vez, con nuestras mochilas al hombro nos ponemos en marcha por el carril que, flanqueado por almendros, nos conduce a la Alhajuela. La fuente, incansable, sigue manando agua sobre los pilones, embarrando todo el terreno a su alrededor.
A partir de aquí comienza el tramo más duro, la subida por la cañada de los Lastonares. Sorteando las ramas de los espinos, poco a poco vamos ganando altura al abrigo de las paredes grises cubiertas de musgo.A veces es la hiedra la que se obstina en trepar por ellas. De vez en cuando hay que parar para respirar y mirar hacia atrás. El horizonte se va ensanchando y cuando llegamos a lo alto podemos contemplar el tapiz de cuadros que forma la vega y sobre ella el caserío blanco de Antequera iluminada por unos tímidos rayos de sol.
Ante nosotros se extiende un amplio llano cubierto de verde y flanqueado por rocas grises de formas caprichosas. Aquí y allá salpicados, los espinos lucen sus ramas desnudas por el invierno. También podemos ver un pozo y un pilón que deja derramar el agua.
Siguiendo un sendero giramos a la derecha y dando vistas al Tajo del Cura, buscamos una piedra cómoda donde reponer energías. Desde aquí podemos ver también el pico de las Cabras hacia donde la mayoría encamina sus pasos. Solo tres mujeres desistimos de alcanzar la cumbre y siguiendo un sendero entre la hierba verde llegamos al llano de Juan Díaz, donde protegido por las paredes de roca, crece un bosquecillo de espinos y arces. Entre la arboleda vemos movimiento de tierra hecho por los jabalíes. Y efectivamente, poco después Rufo, el perro de Alfonso, los sacará de su escondite y se divertirá haciéndoles correr un rato.
Mientras los demás se deleitan con las vistas desde la cumbre, nosotras nos encaminamos a la alambrada que parece dividir el terreno cubierto de hierba del cubierto de rocas, y siguiendo un sendero de cabras bajo el tendido eléctrico, bajamos hasta la carretera después de volver a cruzar otra valla.
En la venta de la Yedra nos reunimos todos y después de entrar en calor con un vino de los montes y una tapa de lomo, buscamos un buen lugar para dar cuenta del bocata. La música de fondo la ponen los coches que circulan por la autovía y el escenario una ladera verde al pie de la sierra gris. Las nubes poco a poco se han adueñado del azul volviéndolo gris y algunas gotas de lluvia nos hacen ponernos en marcha rápidamente.
Seguimos un sendero hasta llegar a un carril después de descender por una ladera pedregosa, mientras la lluvia arrecia y poco a poco envuelve el paisaje. Pasamos por un olivar y por un bosque de encinas. Las aulagas ponen la nota de color amarillo con sus flores y también vemos algunos lirios presumiendo de su color morado recién estrenado. Hasta que por fin, después de una pequeña subida del camino, aparece entre la lluvia las ruinas del cortijo de la Alhajuela. Ya solo nos queda seguir el carril hasta donde hemos dejado los coches.
Aunque hemos terminado un poco mojados, hemos disfrutado de bonitos paisajes, y naturalmente de la compañía de los amigos.















